Cd. Delicias, Chih. 14 de noviembre de 2019


Javier de la Fuente

Fecha/hora de publicación: 25 de octubre de 2019 14:58:38

Ayer andaba en Juárez ocupado en menesteres propios de mi encargo; detallarlos aquí, escapa al propósito de estos párrafos. Sin embargo, por razones que también escapan a ese propósito (de seguir en este plan esta va a ser la reflexión más corta escrita jamás por mí), el asunto es que me hospedé en casa de mi amigo Javier de la Fuente.

A Javier lo conocí en México no sé porqué; digo, sí sé, pero no sé porqué lo conocí hasta entonces; siendo, los dos, panistas de hueso colorado de toda la vida, lo lógico es que nos hubiéramos topado antes pero no; ni en cuenta; de repente, ahí estaba él, de secretario particular de Javier Corral; y yo, de achichincle multiusos.

El caso es que, al poquito tiempo, ya éramos amigos y así hemos seguido hasta el día de hoy. Ha habido altibajos en la relación —sin llegar a enfriarse—, por la simple razón de que él se quedó en México y yo me regresé; luego se trasladó a Juárez y así; me acuerdo particularmente del 2016 porque fue nuestro gentil anfitrión con motivo de la visita del Papa Francisco a Chihuahua y pues... había que ir; y fuimos. Javier, como siempre, se lució en su anfitrionía espléndida. Al efecto, recuerdo con nostalgia un desayuno típico de un domingo cualquiera allá en el otrora DF: café, pan de dulce y huevos montados en un delicioso tamal oaxaqueño.

Bien, pues ayer nos fuimos de patita de perro a un lugar de cuyo nombre no puedo acordarme. Antes del arribo, Javier me hizo algunas advertencias puntuales e, incluso, tomó sus precauciones; resulta que, por un módico precio, servían un kilo de costillitas de dudosa procedencia y un balde de seis cervezas; una semana antes, según me contó, había ido él acompañado de algunos amigos y casi se dejaron la dentadura por lo duras y chiclosas; con el cuento de que la oferta no especifica la procedencia del famoso platillo, ayer le pidió al camarero una especie de prueba de amor; o séase, un platito de muestra y sí, la cosa marchó de maravilla por un rato, porque nos llevaron unas costillitas con barbaquiu y prácticamente las devoramos.

Javier pidió su mitad cocida "término medio"; y yo, como siempre, achicharrada; ya saboreaba yo esos trocitos de carbón envueltos en tortilla, cuando llegó la realidad a ponernos, de golpe, en nuestro lugar. Ni modo.

No obstante, estas líneas no me las dictaron las méndigas costillas (seguramente de caballo); sino que el lugar, aparte de todo, como variedad ofrecía la de música karaoke y ahí fue donde torció la puerca el rabo porque yo solamente iba a cenar y pues no.

El asunto es que, como suele ocurrir en esos lugares, unos cantan bien, otros mal y de algunos mejor ni hablar. Entre los primeros, recordé algunas canciones (que ni Javier conocía; y eso que tiene sus añitos) y escuché otras que, ¡ay, dolor, ya me volviste a dar!

En esas estábamos, de un lado para otro, de la satisfacción al desastre, cuando en primerísima fila apareció Gaby —quien, para mayores datos, ha de tener unos trece o catorce meses de embarazo, o va a parir sextillizos, porque aquello era de no dar crédito— y nos maravilló con su majestuosa voz. Gaby cantó y, por unos instantes, me deslicé en esa certidumbre extraordinaria de estar vivo; realmente vivo, con una compañía entrañable y la constatación de que existen personas con talentos singulares que sirven para reconciliarnos con el hecho de estar vivos.

Al rato Javier se animó a echarse él también sus gorgoritos y donde dije no, que no que no, María Cristina, queno, queno, fue cuando me invitó a acompañarlo en alguna pieza. Yo no canto ni aunque me paguen y, en todo caso, la única melodía con la que suelo endulzar el oído de mi audiencia es esa de Emilio Guerra, el prometido de Estela (me niego a hacerle propaganda a la malvada, y celosa —e ingenua—, Laurita Garza). Como sea, nos fuimos temprano a dormir porque había que madrugar.

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